domingo, 20 de marzo de 2011

¿Que puede albergar la Luna?



¿Que puede albergar la Luna?
Me refiero a la Luna que vemos desde aquí,
no a la que estudiosos y entendidos
haciendo prácticas espaciales
logran alcanzarla una que otra vez
¿Que puede albergar la Luna?

Una circunferencia perfecta
con relleno de color blanco a nuestra vista,
no es solo el color la que la rellena.
No puedo contar con los dedos de la mano,
los poetas, pintores y muchos otros
que al verla le declaran su amor incondicional.
Tan misteriosa como siniestra puede mostrarse
y a la vez tan inspiradora
como una musa universal.
Tal vez son sentimientos, o tal vez deseos,
o quizás recuerdos la que la albergan.
Estampada en un tapiz oscuro
y acompañada de pequeños resplandores
que le confieren el papel principal en esta puesta.
Hasta el mar se agita con verla venir y cuando se va.
No siempre es la misma, llena, nueva, con menguantes.
¿Que puede albergar la Luna?

domingo, 13 de marzo de 2011

Encanto


Encanto es un pueblo ubicado justo en el centro de cualquier mapa, allí donde nadie más que quienes lo habitan, lo conocen. Los encantados son los habitantes de este pueblo que guarda historias que cualquiera que las escuchara se quedaría realmente encantado. La plaza central de Encanto tiene una pileta rodeada de lunalíes de todos los colores y una gran superficie verde que invita a revolcarse como niños. Los lunalíes son flores que solo brotan en las frías noches de Encanto, de cabeza y tallo alargado y delgado. Derraman un perfume único e indescriptible, muy diferente a los perfumes de las demás flores. Eso lo hacía única y bella. Las calles de Encanto son muy angostas, con casas de maderas que son como caminos hacia los sueños más impensados e insoñables.
En una de estas calles, ciertamente de las más alejadas a la plaza central, viven El y Ella. Comparten la tierna edad de los trece años, además de cada luna desde hace un par de años.
-¿De qué color te gustan?- fue la pregunta que interrumpió el silencio de aquella noche que se convirtió en especial a partir de la interrogante. Sentados en la azotea de una casa abandonada de la misma calle donde ellos viven, dedicaban cada silencio a la fría noche de Encanto. Aunque a veces se les negara la luna y las estrellas, ellos permanecían ahí con sus miradas fijas hacia el cielo.
La luna era el pretexto perfecto para que el destino propicie que sus corazones estén lo más cerca posible, aunque solo les separara la distancia prudente de dos buenos amigos. Ni siquiera el frío, característico de las noches de este pequeño pueblo, justificaba que Él extendiera su brazo para ceder un poco de su calor al cuerpecito de Ella. Desde hace un par de años que comparten esto, a lo que evitan calificar como rutina, porque para ellos, las noches siempre fueron distintas, así como sus silencios y las lunas, y también las estrellas. Así seguían siendo felices después de la primera noche en la que Ella quiso que Él lo acompañara y accedió.
Ella intentó reclamarle la interrupción con su mirada, buscaba que Él la mirara para poder descubrir la intención de aquella pregunta. - Los lunalíes ¿de qué color te gustan?- continuó evitando darle la cara.
- ¿Por qué me preguntas eso? – respondió bastante confusa.  Esa fue la primera conversación en dos años contemplando el cielo.
- Ayer pasé por tu ventana y escuche que le decías a alguien por teléfono que querías que te regalasen unos lunalíes. Solo pasé y no me detuve a escuchar toda tu conversación.
- ¿Y por qué quieres saber?
Él no se atrevía a devolverle la mirada porque presentía que encontraría una sonrisa pícara que lo pondría en una situación incómoda a la que no sabría cómo responder.
Las noches contemplando la luna y las estrellas siempre terminaba con los gritos de la mamá de Ella, repitiendo su nombre una y otra vez para que entrase a casa. Esa noche los gritos se hicieron esperar unos minutos, pero llegaron justo a tiempo como para que Él no le viera los ojos luego de la interrupción. Ella se despide con un beso en la mejilla y baja rauda sin decir una palabra más.
- Mañana nos vemos –alcanzó a decirle antes de que ya no fuese posible que Ella lo escuchase mientras se alejaba. Su corazón palpitaba a mil, y parecía que funcionaba como detector de algo. Quizás detectaba aproximarse el amor a su vida. Aunque en este caso podría estar alejándose ante el llamado de su mamá.
Esa noche, Él tuvo el mismo sueño que soportaba su almohada desde la primera luna que compartieron, aunque esta vez el sueño se repetía una y otra vez y con distintos desenlaces. Durante dos años Él había soñado interrumpir alguna noche de la forma en que lo hizo.
Entonces ya había amanecido cuando el sol entraba por su habitación y le daba justo en el rostro. Apenas abrió los ojos, quedó cegado por los rayos del sol y no puedo evitar cada escena de los innumerables sueños que tuvo durante la noche. Esa mañana estuvo tan desatento de todo lo que pasaba en el mundo exterior, que olvidó ir al mercado y hacer la acostumbrada compra de las rojas manzanas para su mamá. Doña Yani es su mamá y está muy enferma. Solo Él cuida de su mamá que se encuentra postrada en cama, debido a la enfermedad que la aqueja. Doña Yani ya casi no tiene momentos de lucidez. Su salud se ha ido deteriorando desde que aquel incidente en la plaza de Encanto donde lo último que pudo ver fue una bandada de palomas blancas que atravesaba el cielo de norte a sur. Desde ese día hasta el presente, su vida cambió. Tuvo que ceder a la rutina e hizo su vida más tediosa: rutina diaria de ejercicios físicos, dosis de pastillas por la mañana, por la tarde y también por la noche, visita al consultorio del doctor del pueblo cada quince días, control de su presión arterial, etcétera y muchos etcéteras más. Siempre cumpliendo un cronograma de horas y fechas dispuestas. Su corazón sufría y se deterioraba cada día más, a pesar del tratamiento experimental que recibía. No existía una cura definitiva, ya que se trataba de una enfermedad muy extraña y relativamente nueva. El tratamiento experimental significaba una opción de vida, o al menos servía para prolongar esta.
Recién cuando Doña Yani pidió la manzana acostumbrada es que Él recordó ir al mercado. Cuando llegó al mercado del pueblo encontró todo un alboroto. Abarrotado de encantados discutiendo algo que hasta ese momento Él no podía comprender. A lo lejos, la señora que siempre le vendía las manzanas lo llamó agitando los brazos con cierta desesperación. Él sabía que se trataba de una señora muy chismosa y seguro que le tendría la noticia del día y también la manzana perfecta para llevarle a mamá. Mientras le despachaba las manzanas sin siquiera habérselas pedido, la frutera le preguntaba si es que ya se había enterado lo que había pasado la noche anterior. Rápidamente le vino a la mente cada escena en sus sueños, pero sabía que esa no sería la respuesta. – Ayer por la noche, ¿no viste cómo se iluminó el cielo? – le preguntó casi con los ojos saliéndoles de las órbitas. Él no entendía nada y le respondió que desconocía lo sucedido. Entonces la frutera relató lo sucedido. Ayer, muy tarde, el cielo se iluminó de repente solo por un par de segundos y luego un viento envolvente con silbido siniestro pasó por las calles de Encanto quedándose en el recuerdo de los encantados que pudieron presenciarlo. Él solo pudo pensar en doña Yani y en Ella cuando la frutera terminó el relato. Con las manzanas en la mano, salió corriendo con dirección a la calle donde vive. Antes de salir del mercado se tropezó con una niña que nunca antes había visto en el mercadito. Casi a punto de caer al suelo, la niña gritó sorprendida por el impacto. Al reponerse ambos, la niña recogió la canasta con lunalíes que llevaba en el brazo y que tiró mientras daba el grito. Las manzanas tuvieron su final justo allí, estrelladas contra el suelo ya no servían más. Mientras Él lamentaba la pérdida de las manzanas, la niña con la canasta en el brazo, le ofreció sus disculpas y además darle las únicas monedas que llevaba en el bolsillo de aquel vestido tan desactualizado, digno de una princesa medieval o algo parecido. Por un momento Él olvidó la razón de su salida abrupta. – Ni siquiera las he pagado - recordó. – No importa. Yo tuve la culpa. Acepta las monedas a cambio de mi torpeza.- le dijo aquella niña que se volvía cada vez más misteriosa. –No tuviste la culpa. Yo salía corriendo y te hice caer.- dijo cuando recordó el motivo de su salida tan abrupta. La niña misteriosa  le dio un lunalí color lila, de esos que ya no se veían en Encanto. –Llévalo. Te lo regalo. Es el último de este color que me queda-. El no quería perder más tiempo y aceptó el obsequio y salió raudo. Extrañamente, la niña iba detrás de El con mucha más serenidad, y a pesar de ello, estaba muy cerca de El. Mientras El corría, la niña solo caminaba. Cuando estaba a la mitad del camino, escuchó que la misma voz que conoció en el mercadito le hablaba en el oído. Intempestivamente se detuvo extrañado y miró hacia atrás. La niña misteriosa de la canasta en el brazo con los lunalíes estaba allí frente a sus ojos. - ¿Qué dijiste?- le preguntó agitado. La niña solo lo miraba y ya cuando El se calmó le respondió. – Te cambio el tulipán que te di por un deseo-. Ya todo era muy confuso para El: tan solo fue por unas manzanas al mercadito que había olvidado llevarle a doña Yani y se entera de un suceso muy extraño en el apacible pueblo de Encanto que ocurrió la noche anterior, justamente la noche en la que interrumpió la acostumbrada reunión con Ella y que luego produjo una alteración en los sueños que tenía desde hace un par de años. –Toma el tulipán, tengo que irme.- le dijo para que la niña lo dejara en paz y pudiera seguir corriendo para terminar la otra mitad del camino. –¿Entonces vas a pedir tu deseo?-. El empezó a correr sin darle más importancia a la niña. Sin darse cuenta la niña lo seguía y estaba justo detrás de El. Llegó a su casa y no encontró a su mamá en la cama. Desde la ventana de la habitación pudo verla sentada frente al jardín posterior. Doña Yani llevaba puesto el sombrero que utilizaba el mismo día que se desvaneció en la plaza central y a su lado unas palomas blancas picoteando el suelo. El no cuestiono cómo es que su mamá había llegado hasta ahí, ya que era obvio que su enfermedad no le permitía separarse de la cama donde estaba postrada. La niña misteriosa se había quedado en la puerta de la casa sin ingresar y desde allí parecía esperalo. El cogió las manos de su madre y mirándola a los ojos, respiró aliviado, luego de haber pensado que algo más extraño de todo lo que ya había ocurrido, pudiese haberle pasado a doña Yani. Ella llevó sus manos hasta el rostro de su hijo y acercando su frente hacia sus labios y le dio un beso interminable. El solo cerró los ojos y se dejó llevar por el momento sublime del beso de una madre. –Yo pedí el deseo.- le dijo doña Yani casi susurrando. El levanto su rostro ya con los ojos abiertos y doña Yani ya no estaba allí ni la silla donde la había visto sentada. En el extremo de la confusión y al borde de la desesperación por no entender todo lo que había pasado, brotaron las primeras lágrimas de sus ojos. Corrió de nuevo hacia la habitación y doña Yani tampoco estaba allí. Recorrió las demás habitaciones y solo podía encontrar en cada una de ellas el perfume de su madre en el ambiente mezclado con el perfume de lunalíes. Tal vez el beso fue una despedida y sus últimas palabras el consejo que necesitaría. Emocionado por una pérdida incomprensible salió hasta la puerta de su casa y allí aún estaba la niña que le ofreció primero un lunalí y luego a cambio un deseo. La niña volvió a ofrecerle un deseo. -¿Qué le hiciste a mi mamá?- le recriminó con desesperación luego de haber comprendido que el ofrecimiento de la niña tenía relación con la repentina desaparición de su madre. – Ella estaba muy enferma y solo pidió mi ayuda. Le concedí un deseo.- El llanto desgarrado ya alertaba a los vecinos que algo terrible estaba sucediendo en el casa de doña Yani. Decenas de miradas apuntaban hacia El que lloraba sin consuelo en la puerta de su casa. Pero había una casa que al parecer no había alertado el escándalo en la calle. Nadie de la casa de Ella, su compañera en las noches de luna, salió a ver lo que pasaba. – ¿A donde se fue mi mamá? ¿A dónde te la llevaste?- se alcanzaba a entender entre sollozos. –Ella se fue justo para que la puedas ver cada noche- le respondió con la madurez propia de un adulto. –Quiero ir con ella. Llévame hasta allí. Prometí cuidar de ella siempre. Llévame con ella por favor.- le dijo casi suplicándole. -¿Ese es tu deseo?-. -¡Sí!-. Por un momento había se olvidado de Ella, la protagonista estelar en sus sueños desde hace dos años. –¿Estas seguro?- repreguntó la niña que al parecer se había llevado a su madre. – Espera-. En ese momento recordó también a Ella. –Si mi mamá se fue al cielo, quiero que Ella me vea como todas las noches y que sienta que estoy allí con ella-.
Los vecinos solo vieron, en la puerta de la casa de doña Yani, a El que lloraba desconsolado y hablándole al vacío sin comprender qué sucedía. No hicieron nada ante ese espectáculo tan triste.
Esa misma noche, otra vez el cielo se iluminó de repente ante la atenta mirada de los encantados que esperaban que pasara lo mismo de la noche anterior. Ella había subido a la azotea de la casa abandonada horas antes esperando que El lo hiciera tal cual como cada noche. El no se apareció por la casa abandonada. Pero el cielo luego del destello, tenía dos nuevos estrellas justo al lado de la luna. Ella pudo advertir las nuevas estrellas y sin cuestionarse nuevas apariciones, solo sonrió y se sintió acompañada una noche más.