A partir de allí, estas familias dividieron sus caminos, unidas por un único lazo que de a pocos se fue convirtiendo en ingrato. Don Juan era ese lazo que cada familia quería ver, pero también, el lazo indeseado para no conocer el otro extremo. Elena, sus hijas y sus nietos nunca evitaron alguna visita de Don Juan a casa, ya para esto, todos vivían en la ciudad, Don Juan ya no tenía las tierras de antes, debido a diversas reformas del estado que terminaron con el poderío construido por muchos años. Sumanique ya no era más su fortín, sino más bien se convirtió en un caserío lleno de polvo y desolación, muy retrasado con respecto a los avances que sucedían en la ciudad. Don Juan se volvió viejo y los pocos cabellos ensortijados que le iban quedando se volvían canos. Su segunda familia solo lo veía cuando visitaba a los hijos de María, llevándoles fruta que compraba en el mercadito Carrión. Entonces recibía una pensión estatal despreciable comparada con lo que ganaba tiempo atrás. De todas maneras hacía alcanzar algunas monedas para la propina a sus nietos. De la venta de las tierras que pudo conservar luego de la reforma agraria, fue incapaz de hacerle llegar alguito para Elena y sus hijas. Elena enfermó y así iniciaba un largo y penoso calvario que terminó con su muerte. Don Juan nunca hizo algo por saber de ella ni de brindarle el apoyo que seguramente Elena necesitaba del hombre que amó hasta el final de sus días. Su otra familia no demoró mucho en preparar los papeles necesarios y consumar el nuevo matrimonio, justo después de la muerte de Elena. Poco a poco, Don Juan fue perdiendo presencia y entonces también sufría el pasar de los años sobre su cuerpo. Problemas de irrigación de sangre, dolores musculares y muchos otros achaques más comunes en personas de la tercera edad. Para su familia casi olvidada, don Juan se convirtió solo en un recuerdo. Temiendo olvidarlo por completo, María y sus hijos deciden ir a visitarlo de improviso a la casa donde ahora vivía don Juan. Se toparon con una realidad que no se esperaban y que terminó por deshacer todas las ganas que tenían de restablecer su relación entre las familias. Al preguntar por él cuando una de las cortinas se movió para ver quien tocaba la puerta, su ahora esposa negó que don Juan quiera ver a quienes se encontraban fuera. Solo dijo eso y no apareció más por la ventana con la seguridad de que sería suficiente para que no pregunten más y se marchen. La impotencia de María y de Milagros por no poder ver a su padre, sabiendo que le quedan muy poco tiempo sobre este mundo, colmó de llantos sus hogares con la más profunda de las tristezas. Resignadas a no poder verlo, decidieron construir un caparazón con tanto blindaje que todo lo que hiciera la nueva familia de Don Juan, no las pudiera afectar. Sin embargo una mañana como cualquier otra, Gladis llama por teléfono a María, con un tono de reclamo por no interesarse en la vida de su padre en común. Tanta pena pudo inspirarle a Gladis el estado de Don Juan que quiso que María y su familia vayan a visitarlo, luego del desplante que hicieran a través de su ventana. María accedió y fue con tres de sus hijos y un nieto, el primer bisnieto de Don Juan. Gladis los recibe en la puerta con la mayor hipocresía que pueda caber en el significado de esa palabra, y después de mucho tiempo, se vuelven a encontrar en una sala grande. Don Juan estaba sentado casi en una esquina sobre una silla de plástico donde depositaba el cuerpo cansado del trabajo y la vida. María fue la primera en acercarse a saludar de beso y abrazo a Don Juan. Luego de algunos segundos de reconocerse hasta en la niña de los ojos, su voz se deja escuchar de alegría porque su hija había llegado a visitarlo. Ya no era la voz gruesa y clara de antes, era más bien apagada y fina. María se sentó al costado de su padre para que pueda escucharla cuando le hablara. Ya no escuchaba tan bien, ni tampoco veía bien. Su rostro estaba cansado y muy escuálido. Ya casi no le quedaba cabello. Del porte de galán y seductor, quedaba muy poco, pero llevaba puesto la camisa de tela y pantalón de franela, con la que se mantenía en el recuerdo de María y su familia. Preguntaba mucho y también confundía las respuestas. Ahora su memoria también falla, pero la insistencia de María por hacerle recordar de cada cosa que hablaban parecían tener sus frutos. Al final de la reunión, ya era un Don Juan un poco más lúcido y seguramente con el corazón lleno de alegría. En ningún momento su ahora esposa se acercó a saludar ni nada. Después de esta reunión, quedaron muchos corazones llenos de alegría pero también atrayendo la nostalgia de años atrás donde todo era diferente. Quién sabe si alguno de esta historia hubiese querido que todo haya sido diferente. ¿quién sabe?. Lo que sí se sabe es que Don Juan está vivo y con más de una familia.
Seguramente no habrá rimas...sí un montón de palabras...
lunes, 20 de septiembre de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
No te salves (Mario Benedetti)
Notable poema de Benedetti y ahora la tan genial musicalización de Pelo: http://www.youtube.com/watch?v=NgCZG26NW-A&feature=related
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.
sábado, 4 de septiembre de 2010
Don Juan y sus familias (1era parte)
Esta es la historia de Don Juan, un viejo hombre de noventaidos años que tuvo más de una familia. En realidad todos, o casi todos, a cierta edad ya sumamos más de una. Cuando niños, tenemos a papá y mamá, y circunstancialmente, hermanos o hermanas, o ambos. Pero para un hombre de tantos años de edad como Don Juan, es lógico pensar que su larga vida no la llevó en solitario. Tan contraria a la soledad fue la vida de este hombre que se encargó de formar dos familias, que son quienes lo verán hasta el último de sus días, al menos supongo que eso espera. Ahora vive con una de ellas, en cercanía de su ahora esposa y de sus dos hijas. A este listado solo faltaría un hijo que radica en España. Precisamente, don Juan vive en la casa de este hijo, a modo de celador de su propiedad. Aunque parezca irónico, es así como don Juan califica su función durante su estancia en dicha morada. Su esposa, una mujer de algunos años menor que él, casi nunca se muestra en público, por lo que solo se escucha hablar de ella. Podríamos describirla como una persona mayor con rostro arrugado y moreno, sendas verrugas y manchas del trajín de lo vivido, ojos muy despiertos con carácter maquiavélico y cejas muy pobladas, y una sonrisa inmutable que invita a preguntarle si se debe a alguna felicidad que compartir o quizás por que viene maquinando alguna maldad entre dientes. Solo faltaba sumarle un sombrero en punta y la escoba para volar, entonces sería toda una bruja como la de los cuentos. Estoy seguro que ella no es así, pero también estoy seguro que la otra familia de don Juan, así la imagina. Sus dos hijas, producto de la relación con su actual esposa son morenas, con cabellos ensortijados y peinados cortos. Una de ellas es una solterona, de aspecto lánguido y venida a menos, seguramente por la falta de un compañero que reviva el espíritu de su juventud y le muestre los placeres que hasta ahora le fueron negados. Su nombre es Gladis y vive al cuidado de sus padres. Siempre de mal humor y con voz intimidante. Ella sí tiene la sonrisita inmutable. La otra hija de Don Juan, con mucha más presencia, cuerpo muy bien cuidado y algo menor que Gladis, lleva por nombre Alicia y es casada con un policía. Alicia y su policía tienen una hija de veintidós años de edad que estudia en la universidad.
Atrás quedaron los días en los que don Juan, con mucha energía y entusiasmo, salía a hacer sus caminatas, recorriendo largos tramos de la ciudad y que no desaprovechaba para incluir en su trayecto: pasar por el mercadito Carrión y comprar frutos de estación. Y mucho, pero mucho más atrás, quedó toda una vida de campo, no como peón sino como el más grande hacendado. Su familia, en realidad su primera familia, conservaba como patrimonio, unos extensas superficies de tierra del que años después naciera un pueblo hasta ahora llamado Sumanique, ubicado en un valle al norte de la ciudad. Supo adquirir como si lo tuviese en los genes, las habilidades mercantiles necesarias y también de liderazgo, para continuar con el poderoso imperio construido por su familia. Dicen que su padre echaba a solear varias unidades de sacos de tela repletos de dinero, ostentando su poderío. Comprar y vender fue una práctica común en cada uno de sus días soleados en Sumanique, sabiendo conducir a todos los peones de la época, haciéndose respetar con cada decisión, mostrando firmeza, y también permisivo cuando tenía que serlo. Gracias a todo eso, se ganó la admiración de todos. Don Juan era un caballero a carta cabal en los negocios, y sabiendo mucho de lo que ahora se conoce como ética. Con voz de mando, grave y clara, lograba persuadir tanto a su personal como a sus clientes. Sin embargo, su única debilidad eran las mujeres. Don Juan no conoció la soledad y ni tenía interés de conocerla, lo dije antes. En realidad, le decían Don Juan más por sus artes en el amor, que por llevarlo como nombre. La misma voz grave y clara hacía delirar a las mujeres que por entonces eran las más lindas. Mucha galantería y sabe dios que cosas más, eran sus armas para conquistar a alguna mujer, que en muchos casos, eran varias a la vez. Así es que en uno de sus muchos viajes de negocios, conoció a Elena, muy distinguida en sus modales y de gracia innata. Pasó muy poco tiempo y Don Juan embobado por la belleza de Elena, se casaron y formaron su familia, la primera familia formada por el joven y apuesto Don Juan. Con el matrimonio, Elena se volvió quisquillosa y amargada, sin embargo nunca perdía su distinción. Siempre queriéndose verse bien, acudía al estilista más popular del lugar para probar cada semana un peinado nuevo, sino repetir alguno que se haya puesto de moda en otros lares, conducida por la tendencia que marcaba las revistas que el estilista conseguía. Lo último en telas, lo último en maquillaje, los últimos modelos de zapatos, despertaban el interés de Elena, sin embargo no todo le era permitido conseguir. Elena no confundía todo ese interés en su distinción, con su relación con don Juan, en realidad no le pedía ni un centavo para estas chucherías. Tuvieron dos hijas, Milagros y María. Milagros siempre fue regordete pero con mucho carisma, con mucha entrega para hacer las cosas y luchar a favor de lo que cree. Hacía honor a aquella frase que dice que los gorditos siempre son graciosos. María en cambio, muy delgada y con el cabello largo, siempre al cuidado de su figura, soñaba con momentos románticos y siempre tratando de idealizar lo que le faltaba por vivir. Ellas se casaron y le dieron a don Juan cinco nietos, una hija de Milagros y los otros cuatro de María. Se compenetraron tanto los cinco nietos, que ahora son cinco hermanos. Esta fue la unidad con las que fueron educados gracias a las enseñanzas de Elena, así la recuerdan sus hijas. Pero en este hogar, debido al espíritu galante y conquistador de Don Juan, el matrimonio terminó por derrumbarse, luego de muchas discusiones, vajilla quebrada en medio de la sala, orondas bofetadas e injurias incesantes, Don Juan decidió irse de casa y dejar a su esposa Elena y sus dos hijas, sin quitarles el dinero necesario para manutención. Milagros y María sufrieron mucho este desenlace de una relación que ellas habían pensado que a pesar de todos los problemas, duraría para siempre. El carácter de Elena pudo sobrellevar el hogar disminuido y ahogado en lo húmedo que puede ser la tristeza. Mientras Don Juan se alejaba de su familia, ya estaba formando otra familia quienes lo esperarián con los brazos abiertos.
martes, 31 de agosto de 2010
El peor papá del mundo
Querido Marquitos:
Te debe parecer extraño que te escriba esta carta para decirte algo y que no te lo diga directamente, como cuando en las noches voy a tu cuarto después del trabajo, y conversamos de cómo pasaste el día y te cuento el mío, y luego jugamos a ser pilotos de avión, que a ti tanto te gusta. Y es que para mí también es extraño escribir esto pero ahora se convierte en necesario. Debo confesarte que creo que hice mal alentándote a jugar como niño cuando ya tienes casi 16 años. Tu eres mi único hijo y sabes que tu mamá y yo te queremos muchísimo, pero cometí el error de engreírte demasiado y nunca darte límites, diciéndote sí a todo. Cuando nos dieron la noticia de que tú llegabas a este mundo, no voy mentir que me asusté al principio, pero también me alegré mucho, y muchísimo más al enterarme que serías un niño, y es que desde antes así lo había soñado. A pesar de que trabajo muchas horas al día, me he dado el tiempo suficiente para estar contigo, y jugar, y reírnos, y conocernos cada noche. Pero quiero disculparme por tantas cosas que no hice y también por las que hice mal. Poco a poco me fui convirtiendo en el peor de los padres, aunque tú me digas cada noche que soy el mejor. Antes que empiece a decirte tantas verdades, quiero que sepas lo mucho que te quiero y que siempre di mi vida por ti, y también que tengas presente que a pesar de todas las cosas que nos hacen sufrir en la vida, hay un dios que siempre nos vigila y nos quiere. Desde siempre te inculcamos el amor a dios, como si fuera tu padre, tu hermano, como si fueras tú mismo. Antes de salir a trabajar, siempre iba hasta tu cama y te daba un beso en la mejilla mientras aún dormías. Esto me servía para recargarme de energías cada día y salir a enfrentar un mundo tirano e injusto. Siempre regresaba a casa con un traje de saco y corbata, y en la mano un maletín. Pues en verdad, nunca fui jefe ni gerente, como te mentí por tatos años. Yo también jugaba a serlo como cuando jugamos cada noche, pero al atravesar la puerta y algunas cuadras más allá, me convertía en un triste e insignificante trabajador más de la calle. He pasado por miles de oficios y actualmente soy un lustrabotas en la esquina de Pardo con San Juan, y en el maletín llevaba todo lo necesario para mi oficio y también para mi aseo, ya que después de mi jornada, debía convertirme en el papá gerente que llega a casa para jugar con su hijo. Todas esas historias de estudios en la mejor universidad del país con maestría y doctorado fue una burda mentira. Lamento tanto que te enteres así de las cosas, pero necesitaba decirte la verdad. Nunca terminé la secundaria y cuando me aprestaba a hacerlo es que llegó la noticia que sería papá, sin embargo te digo que para mí fue lo mejor que me haya pasado. Convencí tantos años a tu mamá para que no te dijéramos la verdad con la esperanza de que la situación algún día cambiaría y también para evitar la vergüenza que seguro sentirías cuando tus amiguitos y los papás de ellos, se enteraran que Marquito Peláez tenían un papá don nadie. Entonces todos se preguntarían cómo es que alguien así pudiera estudiar en un colegio privado de curas como este y que además viva en una casa como la que tenemos. Debo decirte que gracias a las miles de súplicas a los curas del colegio que hacía todos lo años, es que puedo pagar por tu educación con lo que me pueda llegar de dinero hasta fin de mes. Además también debes enterarte que la casa donde vivimos le pertenece a una familia a la que mi mamá, es decir tu abuela, trabajaba como empleada del hogar. Por eso conozco la casa al revés y al derecho, por es aquí donde nací y me crié, mientras tu abuela trabaja para esa familia. Siempre evité que la familia tomara contacto con alguien en la casa para venir a reclamarla. Por eso te pedía que no hicieras caso a nadie que tocara la puerta y no te dejé salir a la calle, solo para ir al colegio. Me siento muy mal por haberte obligado a vivir en una vida de mentira, en una casa que no es nuestra, comer comida que los curas nos consiguen y estudiando en un colegio que ni pagamos. Casi no dormía pensando en como salir adelante. Soñaba con contártelo todo, frente a frente, pero nunca me atrevía a hacerlo. Mañana cumples los 16 y no te preparé nada para celebrarlo, más bien decidí contártelo todo y que finalmente vivas una vida de verdad. Ese será mi regalo, la cruda verdad. Te pido perdón por arruinarte tu vida, pero te mereces la verdad y no seguir viviendo en una fantasía. Y es que sin tu mamá a mi lado, ya no podía resistir todo esto. Tu mamá no fue a visitar a tía Clara la semana pasada, ella simplemente nos abandonó. No la culpo por abandonarme a mí, pero sí por abandonarte a ti. Me gustaría estar contigo para tratar de apaciguar tu dolor que te debe provocar leer todo esto. Nunca fue mi intención hacerte daño solo quise que vivieras feliz. Hoy por la mañana salí dándote el beso acostumbrado, pero que en realidad se convierte en el último, porque he decido que vivas tu vida solo, sin mí, para que no te avergüences de mí y puedas seguir una vida de verdad. Espero que tú sí puedas salir adelante y que yo al mirarte desde el cielo o desde abajo, pueda saber que eres un hombre exitoso, y quién sabe, de repente te conviertes en un piloto de avión, como siempre soñaste. Todo mi amor se queda en este mundo para tí, mi Marquito.
Se feliz por siempre y que Dios te bendiga siempre. Perdón por la vida que te di.
El peor papá del mundo.
Veinte y veinte (4ta parte... y última?)
Lo que siguió fue un par más de puñetazos, otro par de escupitajos y una patada al final. Sin embargo el dolor no era para nada comparado con el que sentía dentro de mi corazón. Mientras mi cuerpo empezaba a sangrar, mi corazón ya estaba quebrado en mil pedazos, no solo porque Teresa no haya llegado hoy sino por toda mi vida de desgracia. Entre los puñetazos, escupitajos y patadas, tuve la oportunidad de ver que venían de un hombre que aún con los dientes apretados alcanzó a decirme que nunca debí haberme metido con su mujer y me advirtió que me iría peor si es que la buscaba. No le respondí ni los puñetazos ni los escupitajos ni la patada al final ni sus palabras. Me quedé allí en el suelo de la habitación en un rincón, todavía pensando en mi desgracia. Él salió manchado con la venganza, inspirado en una justicia muy subjetiva e impropia, además de mi sangre. Me lavé la sangre y me limpié los escupitajos. Derrotado no por el hombre que entró a la habitación a golpearme, sino por el amor, decidí salir. Pensaba mucho en mi vida llena de desamores que no aceptaba culpable alguno. Caminé por la calle Arzuaga de regreso a casa, para ver si es que don Fermín me terminaba de golpear y si tenía suerte, moriría, pero no fue así, ya que cuando terminaba mi vida apareció Claudia. Esa era la historia que conté a Claudia y sin darme cuenta ella tenía su mano sobre la mía. El chocolate ya no estaba caliente seguramente, pero su mirada sobre mí me devolvió la calidez que extrañaba. Claudia me dijo, asintiendo con la cabeza y dando pequeños golpes sobre mi mano: Yo soy casada, por si acaso. Supongo que mi frágil corazón, aún en sala de cuidados intensivos, lo sabía y no sucumbió ante la noticia. Hice un gesto de decepción y sonreí. –Es una historia bastante triste.- Me dijo. Y empezó a darme un sermón cristiano que me hizo añorar al Padre Carlos Raúl los domingos en la iglesia, cuando mamá Estela me obligaba escucharlo. Definitivamente el Padre Carlos Raúl lo hacía mucho mejor. Después de dos minutos de monólogo, dejé que continuara y solo me aboqué a disfrutar de mi chocolate, ya no tan caliente. De rato en rato, levantaba la cabeza para ver si seguía hablando y allí estaba ella, recitándome versos de la Biblia y demás. Terminé el chocolate y ella seguía hablando. Tuve que aguantar unos minutos más y al fin, termina. Supongo que le habrá molestado que después de tanto sermón, lo primero que le diga es que su chocolate ya debe estar helado. Movió su cabeza desaprobando mi desinterés, y me di cuenta que se trataba de una típica religiosa. Se lo pregunté y así era. Decepcionado totalmente de todo lo que me pasó este día, prefería haberme quedado en la acera de la calle Arzuaga mojándome con la lluvia tupidita y muriendo.
domingo, 29 de agosto de 2010
Veinte y veinte (3era parte)
Detuve mi relato para recibir las tazas de chocolate y pude advertir en Claudia, su rostro sonrojado de ángel. Seguramente, producto de lo que venía contándole. Entendí que debía reducir la intensidad de mi relato y callé por un momento, como esperando que ella me hiciera alguna pregunta o comentara algo. Bebimos al mismo tiempo un solo sorbo del chocolate y le pregunté si es que en verdad era el más rico que se prepara en esta ciudad y ella, todavía sonrojada, solo sonrió y abrió los ojos como pidiéndome que continuara. Detuve mi reinicio, solo para peguntarme por qué ella debía escuchar mi trágica historia. Sin embargo, sabía que esta debía ser la única oportunidad para sincerarme y sacar lo que tenía adentro. A Teresa la volví a ver cada semana, el día y la hora acordada. Cada vez, nuestros encuentros ocupaban menos tiempo haciendo el amor y dejaban mucho más tiempo para conversar y conocernos, sin salir del cuarto de hotel. Hablábamos siempre del pasado de cada uno y nunca del presente. Estaba prohibido y cada vez que trataba de averiguar algo de ella de su boca, ella me hacía recordar con algún gesto, que nuestra relación pretendía limitarse solo a eso. Por mis amigos del trabajo, intentaba averiguar algo sobre ella y nadie sabía nada, ni nadie la conocía. El misterio cada vez crecía más y más, así como también nuestro amor, aunque limitado a permanecer en una habitación. En uno de estos encuentros, Teresa entra al baño por un momento y deja algunas cosas sobre el velador. Miré hacia la puerta del baño y miré lo que había sobre el velador, y raudo reviso cada una de las cosas sobre este. Allí encontré su documento de identidad. Descubro su verdadera edad, su nombre completo y también su estado civil. Ella era casada. En realidad, ya me lo había imaginado antes, como muchas otras cosas acerca de ella, producto de toda esa aura de misterio que la rodeaba. Sin embargo, nunca llevaba puesto un anillo de matrimonio. Cuando trataba de dejar todo como Teresa lo había dejado, ella sale del baño. Me sorprende aún tratando de arreglar sus cosas y camina furiosa hacia mí. Me reclama por lo hecho y me dice que no quería verme nunca más. Se vistió y salió del hotel muy enojada. Sin saber que decir y totalmente petrificado me quedé sobre la cama. Pensé que nunca más la volvería a ver, más aún si no tenía su número telefónico y no recordaba la dirección de su casa que señalaba el documento de identidad, aunque sería arriesgado sabiendo que es casada. Lamenté mucho aquel incidente y mi rendimiento en el trabajo fue decayendo durante la semana. Mi mal humor y mis distracciones hicieron que renunciara al primer llamado de atención por parte de mi jefe. Llegó el día acordado en la semana siguiente y regresé al hotel con la esperanza de encontrarla y que me disculpara por el atrevimiento de querer saber de ella más allá de lo que ella quería contarme. Estuve casi dos horas esperando dentro de la habitación y cuando ya me aprestaba a salir, ella se aparece más desenfadada que nunca en la puerta de la habitación. Se lanza sobre mí y caemos juntos sobre la cama. La llenaba de besos mientras le decía algunas palabras pidiéndole que me disculpara. Ella solo atinaba a quitarme la ropa. Fui feliz una noche más a su lado gracias a su cuerpo, a sus manos, a sus labios. Prometí nunca más volver a hacer algo parecido y nunca más hablamos sobre esto. Nunca me preguntó qué tanto había descubierto, al parecer no le importaba, solo compartía conmigo los placeres que nos ofrece la vida nocturna, pero dentro de una habitación. Debía soportar, a partir de esa noche, seis días más sin verla, sin probar de su cuerpo y sin su aroma. Ya no tenía trabajo y durante mi espera estuve encerrado en mi departamento. Esta relación con Teresa no se parecía a las muchas otras relaciones que había tenido antes. Debe ser por eso que me importaba poco no comer a mis horas, ni asearme todos los días. Solo me sentaba en un viejo mueble que compré usado cuando me vine a esta ciudad, a leer novelas con historias de amor con finales felices. Cada día escuchaba los golpes en la puerta de mi departamento y los gritos de don Fermín, reclamándome que le pague el mes de renta. No le hacía caso y continuaba con las historias de amor. Seguramente trataba que algo se me quedara y que pueda repetirlo en mi propia historia de amor. Teresa estaba en mis pensamientos y en mi cuerpo cada uno de los días. Hoy era el día esperado y recién recordé darme un duchazo. Menos mal que me había ocupado días antes de dejar lista la ropa que llevaría puesto hoy. Caminaba hacia el hotel y no pude resistir más, entonces empecé a correr. No importaba que la gente me viera actuar como loquito por la calle, pero no podía ocultar la verdad. Me empezaba a impacientar y es cuando mi reloj dio la hora esperada. Por dentro sentía que la sangre me hervía y deseando que en cualquier momento ella atravesaría esa puerta y sin mirarme a los ojos, se lanzaría sobre mí. Pasaron los minutos y no llegaba. Estuve pendiente de cada ruido detrás de la puerta de la habitación y ninguno avisaba su llegada. Me embargó el miedo de saber que no llegaría porque de repente estaba enferma o quizás ya no quería verme. Sentir miedo por algo así, no era nuevo para mí. Siempre lo sentí por todos los amores que pasé en mi vida o más bien que sufrí. Entonces en ese momento, toda mi vida de amores y desamores se resumían dentro de mi cabeza, como si quisieran darme una lección. Sentado en la cama de la habitación, mi experiencia me daba una dura reprimenda trayéndome a la memoria, todas los desamores por los que pasé. Eso me entristeció mucho, más aún cuando pensaba en el hecho de que Teresa no haya venido por mí. De repente, cuando hacía este ejercicio de autoanálisis, abren la puerta de forma violenta. Pensando en que Teresa al fin llegaba por mí, levanto la cabeza con el propósito de verla, y lo único que alcancé a ver, nunca antes tan cerca, un puño cargado de furia que iba con dirección hacia mi rostro.
viernes, 27 de agosto de 2010
Veinte y veinte (2da parte)
Me miré inspeccionándome y parecía un ser subhumano empapado con lodo, humedecido totalmente. La lástima que seguramente producía en ella, era ahora totalmente fundada y hasta yo tenía lástima de mi mismo. –Caminemos un poco. En la siguiente cuadra preparan el mejor chocolate caliente de la cuidad. Te invito uno. Te gustará- le dije, tratando de retenerla. En realidad faltaban cinco cuadras para llegar al lugar señalado, pero como aún me encontraba desorientado le di una ubicación inexacta del local. -¿Esas descompensaciones son continuas?-me preguntó cuando empezamos a caminar. –Te contaré todo luego de la primera taza de chocolate-le dije aún caminando con dificultad. Durante el trayecto solo hubo tiempo para agradecerle una y mil veces por su preocupación y su ayuda, y también para sortear los automóviles que aparecían en gran cantidad al cruzar cada callecita. Al fin llegamos. El local estaba casi vacío, sino fuera por unos tipos vestidos de saco y corbata discutiendo acaloradamente, mientras fumaban cigarrillos al extremo más lejano del local. Allí, dentro del café, era el único lugar que me recordaba a mi casa donde viví hasta los dieciséis años con mamá Estela, cálida y de paredes con colores vivos, y además, servían el chocolate como lo preparaba mamá Estela, cada vez que sacaba un veinte en el colegio. Era como regresar a mi niñez en aquel lejano pueblo de madera, donde me enamoré más de una vez de las niñas de mi edad. Con algunas de ellas, repetía el plato y me volvía a enamorar luego de haber estado enamorado de otra niña. Siempre fui fácil de enamorar y así es como a los dieciséis, escapé de casa y me vine con mi enamorada de turno, que viajaba obligada por su familia hasta esta ciudad, sin saber que al poco tiempo me dejaría por otro muchacho. Nos sentamos en la mesa más cercana a la barra de pedidos. Se despojó de su abrigo y por dentro llevaba un traje de ejecutiva, que parecía pertenecer al grupo de los tipos que discutían al fondo. -¿Cómo te llamas?-le pegunté iniciando la conversación. –Claudia, ¿y tú? – me dijo. –Gustavo Salas-respondí. – ¿Seguramente quieres que te cuente lo que me pasó?-le dije tratando de comprobar su curiosidad e interés en mi historia. -¿Alguna enfermedad te produce estas descompensaciones?-me preguntó. Entonces regresó a mi memoria cada uno de los momentos de mi infeliz desenlace en esta última aventura vivida, y que no tenían que ver con alguna enfermedad de conocido tratamiento o cura, sino más bien con un mal incurable y letal que ataca al corazón. Sin embargo, el afán por simpatizar con Claudia, me daba las energías necesarias para contárselo todo. Luego de pedir las tazas con chocolate caliente empecé con el relato. Hace dos años exactamente, un día de número ahora innombrable como hoy, conocí a Teresa en una fiesta, a la que fui invitado por unos amigos del trabajo que por ese entonces realizaba. Ella me llevaba cinco años de edad, porque así lo indicaba su documento de identidad que alguna vez descubrí, el mismo que también me dio gran sorpresa. Sin embargo esa noche de fiesta, poco nos importó que los demás invitados presenciaran todo acto de amor imaginable e inimaginable protagonizado por nosotros. En ese momento supuse que era un amor a primera vista, como siempre me pasó con todas las chicas que conocí. Me atrajo desde que la vi conversando con otras chicas y sosteniendo una copa de champagne con tanta coquetería. Llevaba un vestido azul corto que dejaban ver sus rodillas y que descansaba sobre su cuidado cuerpecito, seguramente producto de muchas horas de gimnasio. Su rostro no podía ocultar su innata picardía y con una sonrisa cómplice podía encandilar a cualquiera. Me dejé llevar por el momento y luego de varias copas de champagne, me animo a sacarla a bailar. Creía que yo tenía cierta destreza para el baile, pero ella me dejaba casi inmóvil cada vez que movía sus caderas de la forma más sensual que haya visto antes, mientras se recogía el cabello con una mano y la otra, acariciaba mi pecho y mis hombros. Casi inmóvil y con la mirada persiguiendo sus caderas, no dudé en ningún momento que ella estaba hecha para mí. Terminó la canción y solo me di cuenta hasta que ella me besa en la mejilla y me da las gracias por el baile, cuando yo debí haber hecho ese gesto de agradecimiento con ella. Más tarde, regresé por otro baile, y estuvimos en la pista de baile llamando la atención de los presentes, conocidos y no conocidos. Todo era cariñosos movimientos y hasta besos en los labios. Con solo una copa de champagne encima, me dije que esa noche no podía quedar en simples besos y caricias, y deseaba que termináramos en un cuarto de hotel, sin importar que no sepamos el nombre de uno ni del otro. Nunca se lo pedí y a partir de allí el deseo con condujo. Simplemente, entregamos nuestros cuerpos desnudos a la pasión y lujuria del momento, bajo unas sábanas blancas como su piel, hicimos el amor, regalándome en cada roce el aroma de su piel, ahora impregnado en la mía. La amé tanto esa noche, como si hubiésemos pasado toda una vida reprimiéndonos de ese momento. Al final del encuentro amoroso es que recién conversamos un poco y me dijo su nombre y su edad, al principio me dijo que teníamos la misma edad. Le pregunté si la volvería a ver y ella me respondió que solo regresara a ese cuarto de hotel el mismo día de la semana siguiente y a la misma hora. No me respondió ninguna otra pregunta que le hice, creándome una imagen misteriosa de ella. Y es que así debía ser, para que la pudiese amar como lo hice.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Veinte y veinte (1era parte)
Veinte y veinte. Según lo que me contó mamá Estela, el más radiante sol primaveral coincidió con mi nacimiento, un veinteavo día de un cálido octubre. Sin presagiar lo que sucedería más tarde, otro veinteavo día, esta vez en un frío otoño, dejé de existir, o al menos eso sentí. Se supone que si ya estoy muerto, no debería estar escribiendo esto, pero mi muerte se trata de una muerte en vida, que al parecer es la peor de todas. ¿Acaso el Todopoderoso nos creó para morir más de una vez? Escuché que algunos animales pueden tener más de una vida pero nunca que suceda algo parecido con las personas. En el colegio y la universidad, el número veinte significa una buena calificación, a decir verdad, la mejor expresión que pueda darse. Es como un premio a algo, pero les aseguro que este día para mí no es ningún premio, es más, desde hoy odio más que nunca este número. En realidad, empecé a odiar muchas cosas desde el día de hoy. Además de ese número, ahora innombrable, también odio la garúa tupidita que mojaba esta tarde y la calle Arzuaga que me vio morir y muchas cosas más que fueron testigos de mi deceso, para el que la gente se mostraba indiferente. Se trataba de un crimen perfecto, sin culpables ni huellas ni nada. Nadie se fijó cómo dejaba de latir mi corazón, en una especie de la más trágica repetición en cámara lenta, ni cómo mis más felices recuerdos eran abordados por cada sensación que me producía dicho instante. Nada ni nadie acudió en mi ayuda. Solo veía pasar miles de miradas indiferentes, quien sabe si alguna de ellas con la muerte encimándolas como en mi caso. Solo sentí que me quedaba muy poco de energía, que solo podría gastar en mi caminata de regreso a casa. Trataba de tararear alguna canción que me distrajera y ocultara mi agonía, sin embargo, todo intento fracasaba como todo en mi vida. Parecía que caminaba hacia la muerte segura y cada paso que daba era un paso más cerca a mi final. Casi no podía respirar y una creciente mancha blanca empezaba a nublar mi visión, haciendo desaparecer las nuevas calles empedradas de la cuidad. No por eso, dejé de caminar, aunque desde ese momento, sin algún rumbo definido. Ya casi no tenía fuerzas y me dejé caer para pensar en alguna buena frase y soltarla al aire antes de morir. Qué tonto puede sonar esto, pero siempre fui así, tratando de inmortalizar momentos felices y tristes de mi vida, rematándolas con alguna frase. Además de tonto, es irónico que trate de inmortalizar el momento de mi muerte. Sin embargo, más pudo mi lenta agonía que el tratar de hacer funcionar mi limitado cerebro y sacar de la chistera una buena frase. Cuando aquella mancha blanca se tornaba oscura y empezaba a dejar atrás esta vida, es cuando escuché una voz muy femenina, entre tierna y dulce, preocupada por mi estado o tal vez porque le interrumpía el paso. -¿Te puedo ayudar? ¿Quieres que llame a una ambulancia? ¿Puedes hablar?- me dijo la voz femenina, entre tierna y dulce. Intentaba articular algunas palabras para responderle, pero cuando iba a responder la primera pregunta, ya pensaba en mi segunda respuesta y también en la tercera, entonces confundí todo y balbuceé algunos garabatos sonoros, si es que así me permiten llamar a la estupidez que salió de mi boca. Aún cegado por mi muerte en vida, imaginé su rostro con una sonrisa impregnada por la estupidez que dije. Esperaba una risita burlona de su parte y entonces me sorprende otra vez su voz, esta vez con un tonito que denotaba una profunda preocupación. –Aló. En la quinta cuadra de la calle Arzuaga hay un sujeto tirado en medio de la acera. No puede hablar y se le ve muy pálido. Por favor que venga pronto una ambulancia.- casi gritando, al parecer por teléfono ella pedía ayuda para mí. – No te muevas. Ya viene una ambulancia en camino- me dijo. Entendí que mi presencia daba lástima, tirado en la acera como ella indicó por teléfono. Reuní un poco de energía, no se de dónde las sacaría, y pude abrir los ojos y al fin levantar la cara. Recién pude ver a la mujer de la voz entre tierna y dulce. La recorrí con la mirada desde sus elegantes zapatos azabaches hasta el paraguas que sostenía su mano vestida con un guante finísimo. Busqué su rostro debajo del paraguas y no me fue mostrado. - ¿Ya te sientes mejor?- me preguntó. Sabía que la respuesta que debía dar, tendría que ser mucho mejor que la del anterior intento. –Muchi mojor-le respondí tratando de decir Mucho mejor. Soltó una corta risa como nunca antes había escuchado, y entonces de repente, me mostró su rostro bajando el paraguas, dejando que las gotas de la lluviecita tupida acaricien sus mejillas. La árida calle empedrada Arzuagainmediatamente, seguramente por la lástima que producía en ella, tendiéndome otra vez su mano para ayudarme a caminar. –Puedo solo, no te preocupes- le dije. Giré hacia alrededor y sin tener su figura en mi visión, la calle Arzuaga otra vez tenía charcos de agua y no había ninguna flor y solo olía a tarde lluviosa de otoño.
Desde cero...
Este es el primer post y es solo para explicar la finalidad de este blog. Debo reconocer que ando con muchas cosas en la mente, seguramente como todos, pero con ganas de rescatar una afición, o quizás revalorar esta. Desde niño me gustaba leer pero que con el paso de los años, este gusto, se fue diluyendo y perdiendo en todas las actividades propias del mundo tan atareado que nos tocó vivir a los jóvenes. Hace algunas meses empecé a leer algunas novelas que me inspiraron escribir algunas cosas. Sólo son un montón de palabras que describen ciertos escenarios de ficción, por lo cual, este blog será el que soporte todo esto, y seguramente más cosas. Sin la intención de ser bastante prolijo, empezaré con unos cuentos y luego..ya veremos. El nombre es un homenaje al genio de G.Cerati, extracto de "Puente".
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