miércoles, 25 de agosto de 2010

Veinte y veinte (1era parte)

Veinte y veinte. Según lo que me contó mamá Estela, el más radiante sol primaveral coincidió con mi nacimiento, un veinteavo día de un cálido octubre. Sin presagiar lo que sucedería más tarde, otro veinteavo día, esta vez en un frío otoño, dejé de existir, o al menos eso sentí. Se supone que si ya estoy muerto, no debería estar escribiendo esto, pero mi muerte se trata de una muerte en vida, que al parecer es la peor de todas. ¿Acaso el Todopoderoso nos creó para morir más de una vez? Escuché que algunos animales pueden tener más de una vida pero nunca que suceda algo parecido con las personas. En el colegio y la universidad, el número veinte significa una buena calificación, a decir verdad, la mejor expresión que pueda darse. Es como un premio a algo, pero les aseguro que este día para mí no es ningún premio, es más, desde hoy odio más que nunca este número. En realidad, empecé a odiar muchas cosas desde el día de hoy. Además de ese número, ahora innombrable, también odio la garúa tupidita que mojaba esta tarde y la calle Arzuaga que me vio morir y muchas cosas más que fueron testigos de mi deceso, para el que la gente se mostraba indiferente. Se trataba de un crimen perfecto, sin culpables ni huellas ni nada. Nadie se fijó cómo dejaba de latir mi corazón, en una especie de la más trágica repetición en cámara lenta, ni cómo mis más felices recuerdos eran abordados por cada sensación que me producía dicho instante. Nada ni nadie acudió en mi ayuda. Solo veía pasar miles de miradas indiferentes, quien sabe si alguna de ellas con la muerte encimándolas como en mi caso. Solo sentí que me quedaba muy poco de energía, que solo podría gastar en mi caminata de regreso a casa. Trataba de tararear alguna canción que me distrajera y ocultara mi agonía, sin embargo, todo intento fracasaba como todo en mi vida. Parecía que caminaba hacia la muerte segura y cada paso que daba era un paso más cerca a mi final. Casi no podía respirar y una creciente mancha blanca empezaba a nublar mi visión, haciendo desaparecer las nuevas calles empedradas de la cuidad. No por eso, dejé de caminar, aunque desde ese momento, sin algún rumbo definido. Ya casi no tenía fuerzas y me dejé caer para pensar en alguna buena frase y soltarla al aire antes de morir. Qué tonto puede sonar esto, pero siempre fui así, tratando de inmortalizar momentos felices y tristes de mi vida, rematándolas con alguna frase. Además de tonto, es irónico que trate de inmortalizar el momento de mi muerte. Sin embargo, más pudo mi lenta agonía que el tratar de hacer funcionar mi limitado cerebro y sacar de la chistera una buena frase. Cuando aquella mancha blanca se tornaba oscura y empezaba a dejar atrás esta vida, es cuando escuché una voz muy femenina, entre tierna y dulce, preocupada por mi estado o tal vez porque le interrumpía el paso. -¿Te puedo ayudar? ¿Quieres que llame a una ambulancia? ¿Puedes hablar?- me dijo la voz femenina, entre tierna y dulce. Intentaba articular algunas palabras para responderle, pero cuando iba a responder la primera pregunta, ya pensaba en mi segunda respuesta y también en la tercera, entonces confundí todo y balbuceé algunos garabatos sonoros, si es que así me permiten llamar a la estupidez que salió de mi boca. Aún cegado por mi muerte en vida, imaginé su rostro con una sonrisa impregnada por la estupidez que dije. Esperaba una risita burlona de su parte y entonces me sorprende otra vez su voz, esta vez con un tonito que denotaba una profunda preocupación. –Aló. En la quinta cuadra de la calle Arzuaga hay un sujeto tirado en medio de la acera. No puede hablar y se le ve muy pálido. Por favor que venga pronto una ambulancia.- casi gritando, al parecer por teléfono ella pedía ayuda para mí. – No te muevas. Ya viene una ambulancia en camino- me dijo. Entendí que mi presencia daba lástima, tirado en la acera como ella indicó por teléfono. Reuní un poco de energía, no se de dónde las sacaría, y pude abrir los ojos y al fin levantar la cara. Recién pude ver a la mujer de la voz entre tierna y dulce. La recorrí con la mirada desde sus elegantes zapatos azabaches hasta el paraguas que sostenía su mano vestida con un guante finísimo. Busqué su rostro debajo del paraguas y no me fue mostrado. - ¿Ya te sientes mejor?- me preguntó. Sabía que la respuesta que debía dar, tendría que ser mucho mejor que la del anterior intento. –Muchi mojor-le respondí tratando de decir Mucho mejor. Soltó una corta risa como nunca antes había escuchado, y entonces de repente, me mostró su rostro bajando el paraguas, dejando que las gotas de la lluviecita tupida acaricien sus mejillas. La árida calle empedrada Arzuagainmediatamente, seguramente por la lástima que producía en ella, tendiéndome otra vez su mano para ayudarme a caminar. –Puedo solo, no te preocupes- le dije. Giré hacia alrededor y sin tener su figura en mi visión, la calle Arzuaga otra vez tenía charcos de agua y no había ninguna flor y solo olía a tarde lluviosa de otoño. 


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