viernes, 27 de agosto de 2010

Veinte y veinte (2da parte)

Me miré inspeccionándome y parecía un ser subhumano empapado con lodo, humedecido totalmente. La lástima que seguramente producía en ella, era ahora totalmente fundada y hasta yo tenía lástima de mi mismo. –Caminemos un poco. En la siguiente cuadra preparan el mejor chocolate caliente de la cuidad. Te invito uno. Te gustará- le dije, tratando de retenerla. En realidad faltaban cinco cuadras para llegar al lugar señalado, pero como aún me encontraba desorientado le di una ubicación inexacta del local. -¿Esas descompensaciones son continuas?-me preguntó cuando empezamos a caminar. –Te contaré todo luego de la primera taza de chocolate-le dije aún caminando con dificultad. Durante el trayecto solo hubo tiempo para agradecerle una y mil veces por su preocupación y su ayuda, y también para sortear los automóviles que aparecían en gran cantidad al cruzar cada callecita. Al fin llegamos. El local estaba casi vacío, sino fuera por unos tipos vestidos de saco y corbata discutiendo acaloradamente, mientras fumaban cigarrillos al extremo más lejano del local. Allí, dentro del café, era el único lugar que me recordaba a mi casa donde viví hasta los dieciséis años con mamá Estela, cálida y de paredes con colores vivos, y además, servían el chocolate como lo preparaba mamá Estela, cada vez que sacaba un veinte en el colegio. Era como regresar a mi niñez en aquel lejano pueblo de madera, donde me enamoré más de una vez de las niñas de mi edad. Con algunas de ellas, repetía el plato y me volvía a enamorar luego de haber estado enamorado de otra niña. Siempre fui fácil de enamorar y así es como a los dieciséis, escapé de casa y me vine con mi enamorada de turno, que viajaba obligada por su familia hasta esta ciudad, sin saber que al poco tiempo me dejaría por otro muchacho. Nos sentamos en la mesa más cercana a la barra de pedidos. Se despojó de su abrigo y por dentro llevaba un traje de ejecutiva, que parecía pertenecer al grupo de los tipos que discutían al fondo. -¿Cómo te llamas?-le pegunté iniciando la conversación. –Claudia, ¿y tú? – me dijo. –Gustavo Salas-respondí. – ¿Seguramente quieres que te cuente lo que me pasó?-le dije tratando de comprobar su curiosidad e interés en mi historia. -¿Alguna enfermedad te produce estas descompensaciones?-me preguntó. Entonces regresó a mi memoria cada uno de los momentos de mi infeliz desenlace en esta última aventura vivida, y que no tenían que ver con alguna enfermedad de conocido tratamiento o cura, sino más bien con un mal incurable y letal que ataca al corazón. Sin embargo, el afán por simpatizar con Claudia, me daba las energías necesarias para contárselo todo. Luego de pedir las tazas con chocolate caliente empecé con el relato. Hace dos años exactamente, un día de número ahora innombrable como hoy, conocí a Teresa en una fiesta, a la que fui invitado por unos amigos del trabajo que por ese entonces realizaba. Ella me llevaba cinco años de edad, porque así lo indicaba su documento de identidad que alguna vez descubrí, el mismo que también me dio gran sorpresa. Sin embargo esa noche de fiesta, poco nos importó que los demás invitados presenciaran todo acto de amor imaginable e inimaginable protagonizado por nosotros. En ese momento supuse que era un amor a primera vista, como siempre me pasó con todas las chicas que conocí. Me atrajo desde que la vi conversando con otras chicas y sosteniendo una copa de champagne con tanta coquetería. Llevaba un vestido azul corto que dejaban ver sus rodillas y que descansaba sobre su cuidado cuerpecito, seguramente producto de muchas horas de gimnasio. Su rostro no podía ocultar su innata picardía y con una sonrisa cómplice podía encandilar a cualquiera. Me dejé llevar por el momento y luego de varias copas de champagne, me animo a sacarla a bailar. Creía que yo tenía cierta destreza para el baile, pero ella me dejaba casi inmóvil cada vez que movía sus caderas de la forma más sensual que haya visto antes, mientras se recogía el cabello con una mano y la otra, acariciaba mi pecho y mis hombros. Casi inmóvil y con la mirada persiguiendo sus caderas, no dudé en ningún momento que ella estaba hecha para mí. Terminó la canción y solo me di cuenta hasta que ella me besa en la mejilla y me da las gracias por el baile, cuando yo debí haber hecho ese gesto de agradecimiento con ella. Más tarde, regresé por otro baile, y estuvimos en la pista de baile llamando la atención de los presentes, conocidos y no conocidos. Todo era cariñosos movimientos y hasta besos en los labios. Con solo una copa de champagne encima, me dije que esa noche no podía quedar en simples besos y caricias, y deseaba que termináramos en un cuarto de hotel, sin importar que no sepamos el nombre de uno ni del otro. Nunca se lo pedí y a partir de allí el deseo con condujo. Simplemente, entregamos nuestros cuerpos desnudos a la pasión y lujuria del momento, bajo unas sábanas blancas como su piel, hicimos el amor, regalándome en cada roce el aroma de su piel, ahora impregnado en la mía. La amé tanto esa noche, como si hubiésemos pasado toda una vida reprimiéndonos de ese momento. Al final del encuentro amoroso es que recién conversamos un poco y me dijo su nombre y su edad, al principio me dijo que teníamos la misma edad. Le pregunté si la volvería a ver y ella me respondió que solo regresara a ese cuarto de hotel el mismo día de la semana siguiente y a la misma hora. No me respondió ninguna otra pregunta que le hice, creándome una imagen misteriosa de ella. Y es que así debía ser, para que la pudiese amar como lo hice. 


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