Detuve mi relato para recibir las tazas de chocolate y pude advertir en Claudia, su rostro sonrojado de ángel. Seguramente, producto de lo que venía contándole. Entendí que debía reducir la intensidad de mi relato y callé por un momento, como esperando que ella me hiciera alguna pregunta o comentara algo. Bebimos al mismo tiempo un solo sorbo del chocolate y le pregunté si es que en verdad era el más rico que se prepara en esta ciudad y ella, todavía sonrojada, solo sonrió y abrió los ojos como pidiéndome que continuara. Detuve mi reinicio, solo para peguntarme por qué ella debía escuchar mi trágica historia. Sin embargo, sabía que esta debía ser la única oportunidad para sincerarme y sacar lo que tenía adentro. A Teresa la volví a ver cada semana, el día y la hora acordada. Cada vez, nuestros encuentros ocupaban menos tiempo haciendo el amor y dejaban mucho más tiempo para conversar y conocernos, sin salir del cuarto de hotel. Hablábamos siempre del pasado de cada uno y nunca del presente. Estaba prohibido y cada vez que trataba de averiguar algo de ella de su boca, ella me hacía recordar con algún gesto, que nuestra relación pretendía limitarse solo a eso. Por mis amigos del trabajo, intentaba averiguar algo sobre ella y nadie sabía nada, ni nadie la conocía. El misterio cada vez crecía más y más, así como también nuestro amor, aunque limitado a permanecer en una habitación. En uno de estos encuentros, Teresa entra al baño por un momento y deja algunas cosas sobre el velador. Miré hacia la puerta del baño y miré lo que había sobre el velador, y raudo reviso cada una de las cosas sobre este. Allí encontré su documento de identidad. Descubro su verdadera edad, su nombre completo y también su estado civil. Ella era casada. En realidad, ya me lo había imaginado antes, como muchas otras cosas acerca de ella, producto de toda esa aura de misterio que la rodeaba. Sin embargo, nunca llevaba puesto un anillo de matrimonio. Cuando trataba de dejar todo como Teresa lo había dejado, ella sale del baño. Me sorprende aún tratando de arreglar sus cosas y camina furiosa hacia mí. Me reclama por lo hecho y me dice que no quería verme nunca más. Se vistió y salió del hotel muy enojada. Sin saber que decir y totalmente petrificado me quedé sobre la cama. Pensé que nunca más la volvería a ver, más aún si no tenía su número telefónico y no recordaba la dirección de su casa que señalaba el documento de identidad, aunque sería arriesgado sabiendo que es casada. Lamenté mucho aquel incidente y mi rendimiento en el trabajo fue decayendo durante la semana. Mi mal humor y mis distracciones hicieron que renunciara al primer llamado de atención por parte de mi jefe. Llegó el día acordado en la semana siguiente y regresé al hotel con la esperanza de encontrarla y que me disculpara por el atrevimiento de querer saber de ella más allá de lo que ella quería contarme. Estuve casi dos horas esperando dentro de la habitación y cuando ya me aprestaba a salir, ella se aparece más desenfadada que nunca en la puerta de la habitación. Se lanza sobre mí y caemos juntos sobre la cama. La llenaba de besos mientras le decía algunas palabras pidiéndole que me disculpara. Ella solo atinaba a quitarme la ropa. Fui feliz una noche más a su lado gracias a su cuerpo, a sus manos, a sus labios. Prometí nunca más volver a hacer algo parecido y nunca más hablamos sobre esto. Nunca me preguntó qué tanto había descubierto, al parecer no le importaba, solo compartía conmigo los placeres que nos ofrece la vida nocturna, pero dentro de una habitación. Debía soportar, a partir de esa noche, seis días más sin verla, sin probar de su cuerpo y sin su aroma. Ya no tenía trabajo y durante mi espera estuve encerrado en mi departamento. Esta relación con Teresa no se parecía a las muchas otras relaciones que había tenido antes. Debe ser por eso que me importaba poco no comer a mis horas, ni asearme todos los días. Solo me sentaba en un viejo mueble que compré usado cuando me vine a esta ciudad, a leer novelas con historias de amor con finales felices. Cada día escuchaba los golpes en la puerta de mi departamento y los gritos de don Fermín, reclamándome que le pague el mes de renta. No le hacía caso y continuaba con las historias de amor. Seguramente trataba que algo se me quedara y que pueda repetirlo en mi propia historia de amor. Teresa estaba en mis pensamientos y en mi cuerpo cada uno de los días. Hoy era el día esperado y recién recordé darme un duchazo. Menos mal que me había ocupado días antes de dejar lista la ropa que llevaría puesto hoy. Caminaba hacia el hotel y no pude resistir más, entonces empecé a correr. No importaba que la gente me viera actuar como loquito por la calle, pero no podía ocultar la verdad. Me empezaba a impacientar y es cuando mi reloj dio la hora esperada. Por dentro sentía que la sangre me hervía y deseando que en cualquier momento ella atravesaría esa puerta y sin mirarme a los ojos, se lanzaría sobre mí. Pasaron los minutos y no llegaba. Estuve pendiente de cada ruido detrás de la puerta de la habitación y ninguno avisaba su llegada. Me embargó el miedo de saber que no llegaría porque de repente estaba enferma o quizás ya no quería verme. Sentir miedo por algo así, no era nuevo para mí. Siempre lo sentí por todos los amores que pasé en mi vida o más bien que sufrí. Entonces en ese momento, toda mi vida de amores y desamores se resumían dentro de mi cabeza, como si quisieran darme una lección. Sentado en la cama de la habitación, mi experiencia me daba una dura reprimenda trayéndome a la memoria, todas los desamores por los que pasé. Eso me entristeció mucho, más aún cuando pensaba en el hecho de que Teresa no haya venido por mí. De repente, cuando hacía este ejercicio de autoanálisis, abren la puerta de forma violenta. Pensando en que Teresa al fin llegaba por mí, levanto la cabeza con el propósito de verla, y lo único que alcancé a ver, nunca antes tan cerca, un puño cargado de furia que iba con dirección hacia mi rostro.
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