Lo que siguió fue un par más de puñetazos, otro par de escupitajos y una patada al final. Sin embargo el dolor no era para nada comparado con el que sentía dentro de mi corazón. Mientras mi cuerpo empezaba a sangrar, mi corazón ya estaba quebrado en mil pedazos, no solo porque Teresa no haya llegado hoy sino por toda mi vida de desgracia. Entre los puñetazos, escupitajos y patadas, tuve la oportunidad de ver que venían de un hombre que aún con los dientes apretados alcanzó a decirme que nunca debí haberme metido con su mujer y me advirtió que me iría peor si es que la buscaba. No le respondí ni los puñetazos ni los escupitajos ni la patada al final ni sus palabras. Me quedé allí en el suelo de la habitación en un rincón, todavía pensando en mi desgracia. Él salió manchado con la venganza, inspirado en una justicia muy subjetiva e impropia, además de mi sangre. Me lavé la sangre y me limpié los escupitajos. Derrotado no por el hombre que entró a la habitación a golpearme, sino por el amor, decidí salir. Pensaba mucho en mi vida llena de desamores que no aceptaba culpable alguno. Caminé por la calle Arzuaga de regreso a casa, para ver si es que don Fermín me terminaba de golpear y si tenía suerte, moriría, pero no fue así, ya que cuando terminaba mi vida apareció Claudia. Esa era la historia que conté a Claudia y sin darme cuenta ella tenía su mano sobre la mía. El chocolate ya no estaba caliente seguramente, pero su mirada sobre mí me devolvió la calidez que extrañaba. Claudia me dijo, asintiendo con la cabeza y dando pequeños golpes sobre mi mano: Yo soy casada, por si acaso. Supongo que mi frágil corazón, aún en sala de cuidados intensivos, lo sabía y no sucumbió ante la noticia. Hice un gesto de decepción y sonreí. –Es una historia bastante triste.- Me dijo. Y empezó a darme un sermón cristiano que me hizo añorar al Padre Carlos Raúl los domingos en la iglesia, cuando mamá Estela me obligaba escucharlo. Definitivamente el Padre Carlos Raúl lo hacía mucho mejor. Después de dos minutos de monólogo, dejé que continuara y solo me aboqué a disfrutar de mi chocolate, ya no tan caliente. De rato en rato, levantaba la cabeza para ver si seguía hablando y allí estaba ella, recitándome versos de la Biblia y demás. Terminé el chocolate y ella seguía hablando. Tuve que aguantar unos minutos más y al fin, termina. Supongo que le habrá molestado que después de tanto sermón, lo primero que le diga es que su chocolate ya debe estar helado. Movió su cabeza desaprobando mi desinterés, y me di cuenta que se trataba de una típica religiosa. Se lo pregunté y así era. Decepcionado totalmente de todo lo que me pasó este día, prefería haberme quedado en la acera de la calle Arzuaga mojándome con la lluvia tupidita y muriendo.
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